Guía completa

¿Es realmente el turbo?

Antes de hablar de cambiar una pieza cara, comprobamos todo lo que la rodea. El turbo comprime aire y lo manda al motor a través de manguitos y del intercooler. Si hay una fuga por el camino, el motor no recibe la presión que debería y el resultado se parece mucho a un turbo gastado.

Las causas más habituales que encontramos y que no son el turbo:

  • Manguitos de presión rajados o abrazaderas sueltas.
  • Intercooler con fisuras, especialmente si recibe piedras en la parte baja del frontal.
  • Válvula o electroválvula de control que no actúa.
  • Sensor de presión que mide mal.

¿Qué lo estropea?

El turbo gira a velocidades altísimas y depende por completo del aceite. Si el aceite es viejo o no es el adecuado, los cojinetes se desgastan. Si el tubo que le lleva aceite se va obstruyendo con carbonilla, el turbo se queda sin lubricación.

Hay un hábito que también le afecta: apagar el motor en cuanto se llega después de un trayecto exigente. Pongamos que subes desde la costa hasta una urbanización de Alhaurín o bajas por la A-45 con el coche cargado: el turbo está muy caliente. Si apagas de golpe, el aceite que queda dentro se cuece. Dejar el motor al ralentí un minuto antes de apagar ayuda.

Geometría variable

Muchos diésel llevan turbos de geometría variable, con álabes móviles. Si el coche hace mucha ciudad, se acumula hollín y se agarrotan. A veces una limpieza devuelve el funcionamiento sin cambiar el turbo.

Si hay que cambiarlo

Se cambia junto con los tubos de engrase y las juntas, se revisa el intercooler por si hay aceite acumulado y se cambia el aceite del motor. Así se evita que el turbo nuevo herede los problemas del anterior.

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